(02/30h). Helen, Georgia. USA. Parece ser un lugar que decidió ser otra cosa. Un pueblo alemán en medio de las tan características montañas del sur, construido con la suficiente convicción para que uno, por momentos, dude de dónde está. Las fachadas insisten, la música acompaña, el decorado se mantiene. Todo funciona porque nadie finge no saber cómo se titula este gran acuerdo colectivo: Helen, a 150 kilómetros al norte de Atlanta. Sentado en la plaza, mientras suena música bávara por los discretos altoparlantes colocados en los faroles, entablo conversación con un turista que por la pinta de desespero debe estar esperando a su esposa con la paciencia ya agotada. Sin ironía alguna, me espeta apenas volteando la cabeza: "This looks like Disneyland in the mountains, isn't it?" No lo dice como crítica, para él es una constatación. Y es que Helen no oculta su artificio, sino que más bien lo practica. No pretende ser origen ni destino, sino experiencia. Quizás por eso funciona: porque no engaña a nadie del todo. Aquí el viaje se disfraza, se permite el juego, y entre una enorme jarra de cerveza y pretzels, ensaya otra identidad antes de seguir. Incluso lo falso puede ser un punto legítimo en el camino.

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