lunes, 17 de mayo de 2010

Mia


Desde que abrió los ojos e intentó hacer el primer ladrido, ella fue libre. Nunca conoció las altísimas rejas que limitan el horizonte hacia fuera, ni las pesadas cadenas a las que a muchos de su especie los someten, a una edad casi tan joven como la suya. La calle era su escenario, los bancos de los parques su camerino, y cualquier caminante que le silbara entretenido, un actor colega dentro de la misma obra. En el momento que la recogimos y la llevamos a un teatro más angosto, su nueva casa, sin pretenderlo pasó a ser la pieza indispensable de nuestro propio espectáculo. No precisamente la primera actriz, pero sí aquella que más se notaba cuando se ausentaba. Su mirada oscura y profunda nos hacía improvisar diálogos, y sus escapadas y movidas desencadenaban escenas completas. Con ella, éramos felices. Y creo que ella también lo era. Con el tiempo, la rueda dio la vuelta. Se trasladó a donde las hojas eran más verdes y el patio más amplio. Reemplazó las cercas de piedra por unas de madera fácilmente escapables; y una noche, del otro lado de la propiedad, conoció el amor. Cuando le tocó irse, dio una última mirada atrás. Sentía nostalgia, pero sabía bien que nosotros no debíamos temer por ella. Volvía al lugar donde siempre perteneció. Y una vez más, esta vez por siempre, fue libre.

2 comentarios:

Libelula De Azul dijo...

Te acompaño en tu dolor! :( La foto está nítido!!!

Meli dijo...

Es que de alguna manera nuestras mascotas forman parte de nuestras vidas... Lo siento mucho...

La fotito está hermosa.

Un beso fuerte.