
(111/365; 17/30b). Aún cuando ninguno de los dos cumplíamos la primera década de existencia sobre esta tierra, para mis infantiles ojos ella era la criatura más bella que había visto. Era mejor que las bicicletas, que la merienda vespertina y por supuesto, mucho más todavía que el Chapulín y los dibujos animados. Si eso no es estar fijado en alguien, no sé qué sea. Vivía en la casa casi enfrente de la mía, y era todo un acontecimiento verle bajar por la calle o asomarse en su galería. No recuerdo haber hablado mucho con ella, pero nunca se me olvida su pelo rubio recortado estilo hongo que le caía sobre los ojos, y las ropas de colores como pasteles que siempre llevaba, generalmente con zapatos blancos. El vecindario fue un lugar mucho más sombrío después que su familia decidió mudarse fuera del país, pero tuve la buena idea al menos de armarme de coraje una tarde y cruzar la calle llevando en la mano una hoja de papel que le había arrancado a uno de mis cuadernos del colegio para que me apuntara la dirección, con la idea de algún día escribirle (vaya, los tiempos pre-Facebook). Nunca lo hice, pero conservo la hoja esa todavía en algún sitio, aunque la verdad dudo que ella resida ya en ese lugar; a lo mejor debe de estar casada. Con los años, todas las casas de esa calle en que vivíamos fueron remodeladas o agregaron detalles a sus fachadas que las cambiaron drásticamente, excepto la suya. Cuando ocasionalmente cruzo por ahí, es como si todos, arquitectura incluida, hubiésemos cambiado, menos ese sitio al que tanto me gustaba ver en las tardes con la esperanza de que ella saliera. El tiempo verdaderamente se detuvo en ese rincón específico, y verlo nunca falla en sacarme una sonrisa. Ni siquiera ahora.