miércoles, 20 de abril de 2011

Mujeres


                                                                         Crédito de imagen: Fuente Externa.

Menciona el gran Silvio Rodríguez, en su canción “Mujeres”, toda una lista de féminas que por una razón u otra en su andar por la vida lo han estremecido. Su abuela, su hija, las compañeras de caudillos, de poetas, las anónimas y “mujeres de fuego y mujeres de nieve”. Para su hija, sin embargo, es a quien guarda la línea que a mi juicio define la canción, y toda una actitud para más adelante. De ella dice que es “quien más me ha estremecido / hasta perder casi el sentido.” Si me preguntan a mi, bellísimo. Hay mujeres de todas las formas y colores. Las hay calientes como el sol de agosto y frías como los congeladores de cervezas. También las hay locas de remate y otras a quienes un poco de locura no les vendría mal. Y en estos tiempos en los que el enamoramiento es un sentimiento pasajero y el amar una decisión, lo más poderoso (y duradero) que una mujer puede provocar en la débil alma masculina es el estremecimiento. No sé si nos amaremos la vida entera o si diera la vida por ti. Ignoro si llegará siquiera a eso. Solamente quiero que me estremezcan. No buscamos princesas de cuentos de hadas que bajen en unicornios a través de una vereda de nubes, sólo una mujer que nos hierva la sangre y “nos haga perder el sentido”. Sin el casi.

martes, 19 de abril de 2011

Mi cumpleaños


                                                                          Crédito de imagen: Fuente Externa.

Un día como hoy nací yo a las cinco de la tarde. Siempre he encontrado esa hora un poco pesada, pero total nadie elige a qué hora nacer. Si por mí hubiera sido, seguramente elegiría tarde en la noche o en la madrugada, es más chévere. No voy a decir la edad, no por cábala ni brebajes parecidos, sino porque en el marco de esto es innecesario. Se las debo. No tengo celebración planificada, y si me tienen alguna fiesta sorpresa, seguro les sale la sorpresa, lo han escondido demasiado bien. Soy sólo un explorador agradecido de estar en esta jungla un año más. Para incredulidad de los que a veces me preguntan, no pretendo vivir una larga vida, sólo quiero que lo que me toque pueda disfrutarlo consciente. Venir, hacer lo que pueda e irme sin dar muchas vueltas (1). Gracias a todos los que han expresado sus saludos via Facebook y personal. Aunque a veces no lo aparente, los quiero a todos. Espero devolverles la cortesía y estar ahí para cuando les toque. Por ahora me voy. Veré qué invento.

(1) A propósito de eso, me topé con una entrevista hecha al periodista cubano Luis Ortega antes de morir. En ella decía: "No hay nada más triste que vivir demasiado. La edad correcta para morir está entre los 65 y los 70. De ese modo, todos quedan satisfechos y uno deja una buena atmósfera". El no lo hizo, murió a los 95, pero al menos tenía el deseo.

lunes, 18 de abril de 2011

Reglas son reglas

Playa de Costambar, Puerto Plata. Diez de la mañana.

El guardia de seguridad en la entrada hizo detener el vehículo en el que íbamos. Tenía la misma carra de intimidante aburrimiento que tienen todos los guardias tras coger mucho sol, tratando de disimularla detrás de unos gigantescos pero gastados lentes de aviador. “Las reglas son éstas”, dijo, “cero música, radios, cd’s, neveritas, comida, basura, instrumentos musicales, ni vendedores ambulantes”. Todos adentro temblamos. En el baúl iba armado un contrabando clandestino de comida. “Así que ya ustedes saben”, terminó de sentenciar, y nosotros seguimos nuestro camino hacia la playa, con más miedo de vergüenza. Al llegar, nos colocamos casi en el extremo de la costa. No había gente cerca, el cielo estaba despejado, el agua clara y tranquila, y para terminar de adornar, soplaba una agradable brisa. Era perfecto.

Doce del mediodía.

El remanso de tranquilidad se convirtió en la extensión marítima del barrio más arrabalizado. Muchísima gente, carros estacionados a pocos metros de distancia, sillas plegables con sombrillas por doquier, inmensas neveras repletas de todos los comestibles imaginables, olores y desperdicios incluidos, y cada dos minutos, los vendedores con poncheras a la cabeza, por lo general haitianos, pasando a ofrecer sus productos. Algunos son más insistentes que otros. Y encima, como si el domingo que tan bien había comenzado necesitara convertirse en un día de competencia, dos familias distintas decidieron probar cuál de sus bocinas sonaba más duro que la otra. Cuando el radio de la primera familia en la arena se extendía del nivel de decibeles (y mala música) que mis oídos estaban pacientemente dispuestos a soportar, el señor del Toyota estacionado en reversa unos pasos más atrás, para él abrir la tapa del baúl y colocar afuera sus gigantescas plantas de bajo, decidía que era el momento de que las suyas conservaran la supremacía, llevando sus reguetones desafinados a niveles estratosféricos. Por momentos, el radio de la arena cedía y apagaba, humillado. En otros, claramente quería echar la batalla. En ese caso cambiaba la canción, y arremetía furiosamente con más volumen. En mi molesta resignación, me viene la mente toda la lista de reglas que el aburrido seguridad nos dijo a la entrada, con la seria solemnidad del que sabe se van a cumplir, "quieran o no". Creo que todos (o él, a lo mejor) nos confundimos de playa entonces. ¿Quién ahora podrá defendernos? ¿El 4%, el Chapulín? Perdón. Reformulo mi pregunta: ¿Quién ahora podrá defendernos de nosotros mismos?

Ventaneando



Hay todo un mundo ahí afuera.

viernes, 15 de abril de 2011

La muerte de Tarzán


Ayer supe que hace seis meses murió Tarzán. No el famoso personaje, el que vuela sobre las ramas de la selva con monos colgados al hombro (ése imagino sigue bien vivo), sino el pintoresco vendedor de libros y revistas cuya tienda del mismo nombre se ubicaba en la Calle San Luis de esta ciudad de Santiago, aunque a su manera él mismo también era un personaje. Curioseaba unos volúmenes a mediodía por la Librería Espartaco, que se encuentra casi al frente de donde estaba Tarzán, y le pregunté al dueño sobre cómo podía encontrarlo, pues tenía días con el deseo de hacerlo. “Ohh...en el cementerio”, me contestó el viejito. Pensé que era porque vivía cerca de ahí, y podían llamarlo con facilidad. “Fue que se murió…Un cáncer, creo yo”. Gracioso el viejito. Lástima que yo no le vi la gracia.

La Librería Tarzán, diminuta como una cocina y oscura cual sótano, era casi una casa para mí cuando yo era un niño. Ahí me pasaba algunas tardes luego de salir del colegio y tras hacer las tareas. En sus estantes lucían polvorientos pero orgullosos toda una serie de libros, revistas e historietas de muchos años atrás y de los más diversos temas, que ejercían un encanto indescriptible sobre mis ojos curiosos y mejor aún para mí que, entre una conversación y otra, él me dejaba ponerles la mano y hojearlas todas a libertad. A Tarzán le debo mi colección de revistas de Kalimán (geeky, yo sé, pero a mucha honra). Ese sitio, junto con la mencionada Espartaco, aunque ésta última sea un poco más grande y tenga más variedad de artículos, son de los pocos y últimos sitios en esta ciudad que conservan el viejo espíritu íntimo de la relación que hay entre los libros y sus próximos dueños, casi como el lazo que se forma entre un niño en la veterinaria con el cachorrito que están con comprarle. Con mirarse a los ojos ya saben que son el uno para el otro. El local de Raudo Tarzán, porque así de verdad era su nombre, tenía ese mismo efecto entre los clientes, aunque con el tiempo fue reduciendo progresivamente su espacio hasta ocupar un callejón de poco más de un metro de ancho, y donde muchos de los libros eran colocados en la acera. Ni aún así disminuyó una onza de su atractivo.

Una vez él me contó que imitaba a perfección el alarido de Tarzán de la Selva, y que por eso lo visitaron unos reporteros de un programa para grabarle haciéndolo, además de la consabida entrevista. Nunca vi el video, y de verdad espero dar con eso alguna vez en la vida. Pero ojalá que en algún rinconcito de donde él descanse ahora saque espacio para venderle libros viejos e historietas de Kalimán a las demás almas que le crucen por el frente. Ellas se lo agradecerían, aunque Santiago y la Calle San Luis le echarán de menos. Paz a sus restos.

jueves, 14 de abril de 2011

La Rapunzel del Siglo XXI


                                                                             Crédito de imagen: Fuente Externa.

Encerrada en su castillo, en el tercer piso de un edificio en cuya planta baja funcionaba un taller de reparación de motocicletas, vivía Rapunzel. Digo vivía, porque obviamente ya hace tiempo no reside ahí. El bosque mágico a su alrededor era una serie de viviendas con techos de zinc cubiertos de basura y neumáticos desinflados, y a ella le gustaba pensar que las amargantes bachatas que se colaban por su ventana eran el nuevo paso en la evolución del silbido de los pajaritos que, por cierto, tenían tiempo que ya no se asomaban en su ventana cuando vieron que no se les seguía echando comida. El pequeño camaleón que la protegía y era su compañía en la soledad de su habitación, un peluche verde de nombre Bryan, tampoco existía ya. Terminó sus días en una oscura bolsa de basura por un absurdo descuido de la servidumbre del castillo. Su reemplazo eran ahora los peluchescos hermanos de Rapunzel: la chica que ponía al espejo a preguntarle quién era la más bonita –a pesar de saberse la respuesta- y el bandido rapero que soñaba con portadas de revistas.

El pelo ya no era el arma secreta de Rapunzel. Se lo había cortado a raíz de su separación del chico a quien ella quería con locura, y en una feroz discusión con su mamá lo había echado por el inodoro, ocasionándole de paso serios problemas de tapado. Era por eso, junto con otros asuntos que ahora no vienen al caso, que su madre mentalmente le retrasó la edad, comenzó a tratarla como una niña de nuevo, y le prohibió salir del castillo. Afuera reinaba el peligro y el caos, le decía, y Rapunzel hasta le creía cuando entre curiosidad y nostalgia veía por su ventana la calle en un festival de carros públicos y pasolas, rebosados de personas sudorosas, al borde del colapso.

Sin embargo, un buen día comenzó a frecuentar los alrededores el príncipe. No el mismo príncipe con el que Rapunzel acabaría y terminaría feliz más adelante, pero esa es otra historia. Este príncipe, en su valiente caballo la jeepeta, se paraba bajo su ventana desde la acera tres pisos más abajo, y trataba de ver por los cristales un pixel de la escurridiza princesa. Las palomas mensajeras de los, en ese tiempo, Sony Ericsson azules hacían el resto de la comunicación. Rapunzel no veía la hora de salir. No quería escabullirse por la puerta en la noche gracias al ruido crujiente que ésta producía al abrirse y ya no tenía su largo cabello que la asistía en situaciones de urgencia. Es por eso que, con predeterminación, planeó su momentáneo escape.

Esperó la noche. El cielo se oscureció y las bachatas se apagaron. Uno a uno los habitantes del castillo se retiraron a sus habitaciones. Afuera, el príncipe esperaba en la esquina, con su caballo en silencio y el aire acondicionado para entrar en ambiente. Rapunzel secuestró tres sábanas del cubo de ropa sucia y las amarró lo mejor que pudo. Y entonces, como en sus mejores tiempos, además de una pasmosa necesidad, se deslizó por la ventana y bajó sigilosa por las paredes, para perderse en la noche del bosque con su príncipe jeepetesco. Regresó antes de salir el sol, nadie se enteró, y el asunto quedó en el olvido, como una anécdota que se recuerda con una sonrisa. Por el destino pronto asomaba otro príncipe, más gallardo, con aventuras más interesantes y duraderas. Pero esa, como dije antes, es ya otra historia.

martes, 12 de abril de 2011

Distancias

La primera vez que vi que ella pasó, caminaba a 15 metros de distancia. Llevaba el paso rápido, el pelo suelto bailando sobre su espalda, y muchos papeles desordenados en la mano.
La segunda vez la vi con un andar más calmado. Su pelo seguía suelto. Sus manos todavía ocupadas. Su paso ahora era extrañamente rítmico, como si cantara una canción en su cabeza.
La tercera vez levanté mi cabeza tarde, sólo pude ver el reflejo de cuando su cuerpo giró en una esquina, a 10 metros de donde yo estaba.Pero sus zapatos negros de tacos anchos son difíciles de confundir.
Al día siguiente no hubo ocasión. No asistió.
La cuarta vez volvió a su paso rápido, pero hizo una parada a escasos 7 metros míos. Esta vez tiene el pelo recogido, con una cola alta que le cae sobre el cuello como una cortina. Iba acompañada, aunque no le prestaba mucha atención a la persona que se encontraba con ella. Su mirada divagante se cruza con la mía fija, yo inclino la cabeza a manera de saludo. Se le ve sonreír.
La quinta vez me pasó justo por el lado. Sé que es ella por su voz, y por la forma en que uno de sus tacos suena más que el otro cuando camina. No volteo, sino que medido, espero que siga andando hasta que entre a mi campo de visión. La veo seguir hasta que un entrometido se mete distraído en el medio.
La sexta vez ella es la que está sentada y soy yo el que camina. Hoy dejó su saco de vestir en casa, y con una mano apoya cansada su cabeza. Está estresada, seguro. Pero se ve más bella ahora que los 3 metros de espacio entre los dos permite una mejor vista. Al verme pasar levanta la mirada. La sonrisa en esta ocasión es mía.
La séptima vez tengo gente delante. Molesta, enojona, altamente fastidiosa. No puedo esperar para que se retiren. Cuando por fin lo hacen, ella es quien está detrás, a un brazo de distancia de mi sitio. Cambió la cola azul para acomodarse discretamente el cabello detrás de las orejas. El saco volvió a cubrirla, y sus bolsillos delanteros guardan sus manos por completo. Tiene un brillo casi místico en los ojos, pero eso ella lo tiene siempre. En señal de saludo, sonríe. “Hola” dice “¿cómo estás?”. Este seguro será un buen día.