(87/365; 5/30b). Ahora que llegó la primera entrega de "
The Hobbit" a los cines locales, se ha puesto de moda la fiebre Tolkien de nuevo, y he notado que están pasando a veces en televisión la trilogía de "
Lord of the Rings". En lo personal no soy el tipo más televisivo que exista, pero si agarro una de las cintas en algún canal un día más que otro (en las contadísimas ocasiones que me siento frente a un televisor), y tengo el tiempo, me quedo a verla. Como ya recordarán en un post anterior, mi favorita de las tres películas sigue siendo todavía la primera, "
The Fellowship of the Ring", y las razones están explicadas de sobra en aquel escrito (al que pueden acceder
AQUI), pero a lo que voy ahora es al hecho de que nunca deja de sorprenderme el elevado factor "
rewatchable" que tiene, considerando que es una película de tres horas de duración y los mayores conflictos y peleas no se ven hasta las secuelas siguientes. Simplemente no me canso de verla, si tengo la oportunidad. Una y otra vez. Y por lo general, siempre de las escenas que espero con más expectativa es aquella donde el grupo va navegando por el río, casi al final, y se topan las dos estatuas gigantes de reyes, cada una como salida de las mismas montañas que le circundan, conocidas como los Argonath (cuya referencia gráfica para el autor fue el conocido Coloso de Rodas). Es un momento tranquilo dentro de todo el caos que sucede en la trama, y dura apenas un minuto, pero esa misma serenidad es lo que le da un carácter más épico aún. Siempre que lo veo no puedo evitar lanzar un "
ohhhhh..." mental. Me imagino lo que sería vivir cerca de un lugar así; imponente. Si eso hubiese existido en este país, y expertos como somos en arruinar hasta la más solemne de las situaciones, seguro le ponen un peaje al pie de las estatuas, y vendedores. Pero me arrepiento de decirlo ahora; prefiero en este momento no ensuciarme la mente con eso. Rewind. Delete.