miércoles, 27 de abril de 2011

Confusión

En una de esas en las que el trabajo se pone lento y los minutos se frizan, el largo cristal hacia la calle es un gran canalizador del aburrimiento que inevitablemente reina. El vidrio se convierte en una línea divisoria en la que parece como si ambos espacios corrieran a velocidades distintas: el interior congelado y pesado, y el exterior en un ritmo frenético, casi caricaturesco.

Es media mañana cuando me encuentro mirando hacia afuera. De este lado del vidrio la poca actividad hace que el aire acondicionado se sienta más de lo normal. Veo gente que camina y gesticula con la boca en señal de conversación, pero el ruido y el poco volumen al que hablan hacen que no pueda escuchar bien lo que dicen. En eso cruza una mujer, trigueña, de mediana estatura, seguro está en los finales de sus treinta. Atrás vas su hija, espigadita, no llega a los doce años, con dos bolsas amarillas en las manos y su largo pelo en sincronía con sus movimientos al caminar. No le presto mucha atención, pues me fijo en la madre. El hecho de que tenga una hija casi de su tamaño no le resta el más mínimo atractivo, al contrario. Su perfil es fino, su ropa ilegalmente apretada hace que su figura realce, y mi mirada obedece el ritmo que los tacones de sus pies apetezcan andar. Unos grandes lentes oscuros que le tapan los ojos la hacen parecer más distante. Pronto me da la espalda, nunca se dio cuenta que la vi, pero bien cerca detrás viene su hija, con las pupilas encendidas y una actitud coqueta, se le nota hasta en la forma diferente en que ahora se mueve, pues siete segundos atrás no iba así. Se cree que en este lapso de tiempo la he estado viendo a ella. Con una mano tira su cabello libre y sensualmente hacia atrás y sonríe mostrando los dientes, mientras también me da la espalda conforme camina, cual si la acera fuese la pasarela dorada de Miss Universo. Yo igual le sonrío, aunque no por las mismas razones que ella lo hace. Lo hago porque casi no puedo aguantarme la risa.

lunes, 25 de abril de 2011

Metáfora de la seguridad


                                                                          Crédito de imagen: Fuente Externa.

Jorge va en su vehículo. Marca y año no interesan. Anda de diligencias por una calle en un reconocido vecindario de esta ciudad. El destino al que se dirige está en la esquina derecha de la larga cuadra; él la va transitando justo a la mitad. De repente, Jorge nota un estacionamiento libre al lado izquierdo de la calle, un espacio entre dos vehículos lo suficientemente ancho para que pueda aparcar sin problemas. Justo en la acera, a tres metros para adentro, hay un árbol que proyecta su sombra sobre el espacio vacío en el asfalto. Hasta sopla la brisa un poco. Así que sin pensarlo mucho porque lo considera atractivo, Jorge va haciendo el giro con el propósito de parquearse, cuando una reflexión lo detiene. “Estoy muy lejos aquí, puedo seguir más adelante”. No es menos cierto que su vagancia para caminar también era notoria, y tuvo en ese momento una nube de duda que cruzó sobre su soleada situación. “¿Y si no hay más sitios?”, se pregunta, al querer atenerse a la seguridad que le daba el ya haber encontrado uno. Pero la voz autoritaria de su renegado sentido común se impuso. “Sigue más para alante”. Efectivamente, justo al frente del negocio al que iba, en la misma esquina, encontró otro espacio, de hecho mucho más generoso esta vez.

¿Que debió de haber hecho Jorge, si de nosotros fuese que dependiera? Ya tenía localizado un parqueo, aunque cierto que lejos. Si hubiera seguido adelante el que va detrás de Jorge se estaciona en el que él rechazó, y era también posible que el de la esquina estuviera ocupado, lo que al final, como dicen aquí, “le saliera más la sal que el chivo”. Respuesta: no sé. El clásico consejo del “aprovecha ahora” no siempre es confiable (o su primo-hermano “como están las cosas ahora…”). La búsqueda de mejores circunstancias tampoco es entendida la mayoría de veces. Así es que la verdad no sé. Seguro yo hubiera hecho lo mismo que él, aunque estuviera diciendo nuevas y feroces clases de malas palabras si la suerte no estara de mi lado ese día, al cambiar un estacionamiento seguro por buscar otro espacio que a fin de cuentas, no estaba. Pero ése soy yo. También espero desacuerdos de cuando en cuando.

jueves, 21 de abril de 2011

Aviso

Mi escrito "La muerte de Tarzán", sacado a la luz por aquí mismo el pasado día 15 de abril, fue publicado en el periódico local La Información, en la columna "Cultura Viva". Supongo que siempre es agradable ver su nombre en el diario. Les paso el link para que lo vean:
http://www.lainformacion.com.do/noticias/opinion/columnas/3034/“a-tarzan”

Por supuesto, los comentarios son agradecidos. Disfruten.

miércoles, 20 de abril de 2011

Mujeres


                                                                         Crédito de imagen: Fuente Externa.

Menciona el gran Silvio Rodríguez, en su canción “Mujeres”, toda una lista de féminas que por una razón u otra en su andar por la vida lo han estremecido. Su abuela, su hija, las compañeras de caudillos, de poetas, las anónimas y “mujeres de fuego y mujeres de nieve”. Para su hija, sin embargo, es a quien guarda la línea que a mi juicio define la canción, y toda una actitud para más adelante. De ella dice que es “quien más me ha estremecido / hasta perder casi el sentido.” Si me preguntan a mi, bellísimo. Hay mujeres de todas las formas y colores. Las hay calientes como el sol de agosto y frías como los congeladores de cervezas. También las hay locas de remate y otras a quienes un poco de locura no les vendría mal. Y en estos tiempos en los que el enamoramiento es un sentimiento pasajero y el amar una decisión, lo más poderoso (y duradero) que una mujer puede provocar en la débil alma masculina es el estremecimiento. No sé si nos amaremos la vida entera o si diera la vida por ti. Ignoro si llegará siquiera a eso. Solamente quiero que me estremezcan. No buscamos princesas de cuentos de hadas que bajen en unicornios a través de una vereda de nubes, sólo una mujer que nos hierva la sangre y “nos haga perder el sentido”. Sin el casi.

martes, 19 de abril de 2011

Mi cumpleaños


                                                                          Crédito de imagen: Fuente Externa.

Un día como hoy nací yo a las cinco de la tarde. Siempre he encontrado esa hora un poco pesada, pero total nadie elige a qué hora nacer. Si por mí hubiera sido, seguramente elegiría tarde en la noche o en la madrugada, es más chévere. No voy a decir la edad, no por cábala ni brebajes parecidos, sino porque en el marco de esto es innecesario. Se las debo. No tengo celebración planificada, y si me tienen alguna fiesta sorpresa, seguro les sale la sorpresa, lo han escondido demasiado bien. Soy sólo un explorador agradecido de estar en esta jungla un año más. Para incredulidad de los que a veces me preguntan, no pretendo vivir una larga vida, sólo quiero que lo que me toque pueda disfrutarlo consciente. Venir, hacer lo que pueda e irme sin dar muchas vueltas (1). Gracias a todos los que han expresado sus saludos via Facebook y personal. Aunque a veces no lo aparente, los quiero a todos. Espero devolverles la cortesía y estar ahí para cuando les toque. Por ahora me voy. Veré qué invento.

(1) A propósito de eso, me topé con una entrevista hecha al periodista cubano Luis Ortega antes de morir. En ella decía: "No hay nada más triste que vivir demasiado. La edad correcta para morir está entre los 65 y los 70. De ese modo, todos quedan satisfechos y uno deja una buena atmósfera". El no lo hizo, murió a los 95, pero al menos tenía el deseo.

lunes, 18 de abril de 2011

Reglas son reglas

Playa de Costambar, Puerto Plata. Diez de la mañana.

El guardia de seguridad en la entrada hizo detener el vehículo en el que íbamos. Tenía la misma carra de intimidante aburrimiento que tienen todos los guardias tras coger mucho sol, tratando de disimularla detrás de unos gigantescos pero gastados lentes de aviador. “Las reglas son éstas”, dijo, “cero música, radios, cd’s, neveritas, comida, basura, instrumentos musicales, ni vendedores ambulantes”. Todos adentro temblamos. En el baúl iba armado un contrabando clandestino de comida. “Así que ya ustedes saben”, terminó de sentenciar, y nosotros seguimos nuestro camino hacia la playa, con más miedo de vergüenza. Al llegar, nos colocamos casi en el extremo de la costa. No había gente cerca, el cielo estaba despejado, el agua clara y tranquila, y para terminar de adornar, soplaba una agradable brisa. Era perfecto.

Doce del mediodía.

El remanso de tranquilidad se convirtió en la extensión marítima del barrio más arrabalizado. Muchísima gente, carros estacionados a pocos metros de distancia, sillas plegables con sombrillas por doquier, inmensas neveras repletas de todos los comestibles imaginables, olores y desperdicios incluidos, y cada dos minutos, los vendedores con poncheras a la cabeza, por lo general haitianos, pasando a ofrecer sus productos. Algunos son más insistentes que otros. Y encima, como si el domingo que tan bien había comenzado necesitara convertirse en un día de competencia, dos familias distintas decidieron probar cuál de sus bocinas sonaba más duro que la otra. Cuando el radio de la primera familia en la arena se extendía del nivel de decibeles (y mala música) que mis oídos estaban pacientemente dispuestos a soportar, el señor del Toyota estacionado en reversa unos pasos más atrás, para él abrir la tapa del baúl y colocar afuera sus gigantescas plantas de bajo, decidía que era el momento de que las suyas conservaran la supremacía, llevando sus reguetones desafinados a niveles estratosféricos. Por momentos, el radio de la arena cedía y apagaba, humillado. En otros, claramente quería echar la batalla. En ese caso cambiaba la canción, y arremetía furiosamente con más volumen. En mi molesta resignación, me viene la mente toda la lista de reglas que el aburrido seguridad nos dijo a la entrada, con la seria solemnidad del que sabe se van a cumplir, "quieran o no". Creo que todos (o él, a lo mejor) nos confundimos de playa entonces. ¿Quién ahora podrá defendernos? ¿El 4%, el Chapulín? Perdón. Reformulo mi pregunta: ¿Quién ahora podrá defendernos de nosotros mismos?

Ventaneando



Hay todo un mundo ahí afuera.