martes, 12 de abril de 2011

Distancias

La primera vez que vi que ella pasó, caminaba a 15 metros de distancia. Llevaba el paso rápido, el pelo suelto bailando sobre su espalda, y muchos papeles desordenados en la mano.
La segunda vez la vi con un andar más calmado. Su pelo seguía suelto. Sus manos todavía ocupadas. Su paso ahora era extrañamente rítmico, como si cantara una canción en su cabeza.
La tercera vez levanté mi cabeza tarde, sólo pude ver el reflejo de cuando su cuerpo giró en una esquina, a 10 metros de donde yo estaba.Pero sus zapatos negros de tacos anchos son difíciles de confundir.
Al día siguiente no hubo ocasión. No asistió.
La cuarta vez volvió a su paso rápido, pero hizo una parada a escasos 7 metros míos. Esta vez tiene el pelo recogido, con una cola alta que le cae sobre el cuello como una cortina. Iba acompañada, aunque no le prestaba mucha atención a la persona que se encontraba con ella. Su mirada divagante se cruza con la mía fija, yo inclino la cabeza a manera de saludo. Se le ve sonreír.
La quinta vez me pasó justo por el lado. Sé que es ella por su voz, y por la forma en que uno de sus tacos suena más que el otro cuando camina. No volteo, sino que medido, espero que siga andando hasta que entre a mi campo de visión. La veo seguir hasta que un entrometido se mete distraído en el medio.
La sexta vez ella es la que está sentada y soy yo el que camina. Hoy dejó su saco de vestir en casa, y con una mano apoya cansada su cabeza. Está estresada, seguro. Pero se ve más bella ahora que los 3 metros de espacio entre los dos permite una mejor vista. Al verme pasar levanta la mirada. La sonrisa en esta ocasión es mía.
La séptima vez tengo gente delante. Molesta, enojona, altamente fastidiosa. No puedo esperar para que se retiren. Cuando por fin lo hacen, ella es quien está detrás, a un brazo de distancia de mi sitio. Cambió la cola azul para acomodarse discretamente el cabello detrás de las orejas. El saco volvió a cubrirla, y sus bolsillos delanteros guardan sus manos por completo. Tiene un brillo casi místico en los ojos, pero eso ella lo tiene siempre. En señal de saludo, sonríe. “Hola” dice “¿cómo estás?”. Este seguro será un buen día.

viernes, 8 de abril de 2011

Sobre el futuro


Crédito de imagen: Fuente Externa.

¿Qué quieres en la vida?” le preguntó mi amiga al tipo con el que salía, hace ya un tiempo. “Quiero tener mi trabajo tranquilo y ver a mis hijos jugando cuando yo llegue a mi casa”. “¿Algún trabajo específico?” volvió a preguntar ella. “Mi trabajo. Lo que sea que esté haciendo”, respondió él. “Que lindo…” fue la conclusión de mi amiga al comentarme el hecho, ya algunas semanas después (favor de incluir sonidos de pajaritos usted que lee esto). En mis días oscuros no puedo evitar sentir un profundo dejo de aburrimiento ante esa visión de la vida, aunque satisfactoria y emotiva, también simplista. Lo primero que me viene a la mente es un gran “¿…y ya?” ¿Tiramos currículums al aire para irnos con el que nos llame y mejor propuesta nos haga? ¿Dónde está el deseo de una misión en la vida, de un legado que continúe aún nosotros nos hayamos ido? El gigantesco y elusivo “Eso” que dicen todos nosotros a nuestra manera estamos llamados a hacer. Y no precisamente el “camino de la vida” de tantos: terminar los estudios, casarse, tener hijos y sentarse después a esperar la muerte en la tranquilidad melosa de una mecedora hogareña, sino esa obra que le queda al mundo y hace que se nos recuerde, que nos motiva a levantarnos diario porque siempre está incompleta y cada día hay una página nueva con cosas emocionantes que escribirle. Que a 100 ó 200 años de ahora, si es que la humanidad todavía no ha terminado de matarse entera, un grupo de gente vea un producto (lo que sea, las posibilidades son inmensas) y con la boca abierta, ya sea de admiración o porque piensen que es una porquería, todos digan: “Eso lo hizo Fulano”. Eso sí sería querer algo en la vida. ¿O no?

jueves, 7 de abril de 2011

El mito de la educación


Crédito de imagen: Fuente Externa.

Recuerdo de cuando mi abuela me hablaba de los tiempos en que ella iba a la escuela. De cómo caminaban a veces hasta kilómetros para llegar a una estructura en madera con pocos salones. No recuerdo el número porque nunca me lo dijo, pero imagino no debían de haber muchos estudiantes tampoco. Recuerdo de cómo contaba que eran sus libros de texto, las clases que tomaba, y hasta de las canciones que cantaban en los recreos (las cuales algunos ahora se las encuentran medio ridículas). No tenían aire acondicionado, el currículum no era bilingue, no había computadoras, la palabra internet ni existía aún, y el horario era más reducido. Sin embargo esa generación salió de ese paso con toda una serie de conocimientos, y valores (tanto morales como patrios), que hoy día se escuchan como un recuerdo bien lejano.

Para no hablar de lejanía, les echo al ojo a los tipos que estudiaron conmigo, los niños ochenteros. Tampoco teníamos aire acondicionado, a mediodía ya estábamos en casa para comer caliente y ver al Chavo, igual teníamos que entregar los trabajos escritos a mano, y la Red era un lujo reciente que se empezó a introducir en las casas de algunos afortunados bien contados a mediados de la secundaria, cuando los años noventa iban ya en su curva final. Hell, mi primera computadora fue para cuando estaba ya terminando Tercero de Bachillerato. Sin decir que el internet no llegó a mi casa hasta mucho (mucho) después. Y también, aunque ya para ese tiempo la cesta de manzanas medio se empezó a podrir, se puede tomar a la mayoría de los que estudiamos en esa época y éramos aceptables en ortografía, sabíamos redactar bien, multiplicábamos sin calculadora, y si nos preguntaban en la calle quién era Luperón no pasábamos vergüenza.

Ahora me temo las cosas son diferentes. Los estudiantes tienen a su disposición herramientas con las que nosotros en nuestro tiempo nunca soñamos, no decir nuestros papás. El horario de clases casi se ha duplicado. Estudian varios idiomas, en la misma escuela. Las computadoras les han hecho sus vidas más fáciles. El programa académico está hecho para sacar de las aulas ejércitos de pequeños Dexters, genios en potencia listos para poner este país a valer.

Pero cada año veo que el asunto se pone más y más depresivo. Chicos recién graduados de secundaria con faltas ortográficas horripilantes, sin poder escribir una línea coherente aunque su vida dependiera de ello, pésimos en matemática e ignorantes al extremo de puntos importantes en nuestra historia, por decir sólo la nuestra. Típico de dominicanos, ahora queremos echarle la culpa a toda una serie de factores externos con tal de no reconocer nuestra propia falta de responsabilidad en el proceso. ¿Enserio que con asignar el 4% ya mágicamente se curará la epidemia burrística que en estos tiempos nos azota? ¿Tener butacas bonitas y paredes de concreto pintadas hace que un grupo de niños recuerden mejor quiénes son Duarte, Sánchez y Mella? ¿Puede todo el aparataje mediático de sombrillas y t-shirts y conciertos amarillos enfatizar lo suficiente la palabra mágica de todo este asunto, que es el CONTENIDO? Todo lo anterior influye, claro que sí. Es importantísimo. Sin mucho presupuesto no es mucho lo que se hace y eso se entiende. Pero la calidad y la permanencia de un contenido es una cuestión mucho más profunda que un 4% o que si hay o no escuelas y butacas, o si las mismas son estéticamente agradables. No nos dejemos confundir. Algo hacían bien generaciones pasadas que ahora las actuales no lo están haciendo, y se nota en los resultados. Por favor ya es tiempo de más chocolate y menos espuma. Es cuestión de todos.

miércoles, 6 de abril de 2011

Ella y El: versión cuarto de hotel a 12,000 kilómetros de distancia.


Crédito de imagen: Fuente Externa. 

El pesaba 180 libras. Al menos 40 de ellas eran exceso de equipaje emocional. Ella, mucho más delgada y risueña, no lo conocía más que apenas unas semanas, pero ya compartían una misma sábana estrujada algunos días por la mañana en un cuarto del hotel en el que ambos estaban.

El parecía el protagonista del Cuervo de Poe. Lo único oscuro que Ella traía consigo era su negra mochila. Dentro llevaba un cuaderno de igual color, en el que escribía con una caligrafía casi musical en un lenguaje ininteligible para El.

El la consideraba curiosa. Ella, singular; pero ambos no desentrañaban el misterio del lazo que hace que dos almas se reconozcan aún a miles de kilómetros de distancia de casa, en un hotel huraño del centro de una ciudad bulliciosa. Dentro de aquel desorden urbano, Ella lo tenía a El, El a Ella y un cable de pensamientos antiguos y oxidados que todavía no aprendía del todo a desconectar.

Esa mañana – jueves - de temperatura fría a pesar de hacer sol, El tocó la puerta de Ella, como era usual. Pocos minutos después, el nudo contorsionista de sus cuerpos era puesto en marcha sobre las mismas sábanas estrujadas que les servían de abrigo. Ella encima de El, y éste último dibujando con sus manos figuras imaginarias sobre la suave espalda tambaleante que lo aprisionaba. Su proximidad era tan cerrada, que ninguno sabía el aire de quién estaban respirando. Los débiles susurros que escapaban de una boca eran inmediatamente a su salida recogidos por otra que esperaba expectante. En los pocos momentos en los que abría los ojos, El veía el mundo a través de un filtro amarillo que se movía: los espesos cabellos de Ella que caían abundantes y juguetones sobre su rostro.

En cámara lenta, en movimiento cirquense, Ella cambió felinamente de posición. Deslizó sus manos huesudas en camino hacia el sur geográfico de su presa, sobrevolando vellos despistados que se erizaban en su lento andar. Con los ojos entreabiertos, El pudo ver las rosadas uñas de Ella mientras rodeaba con sus manos su descubierta y vulnerable hombría. Con ansiosa emoción El sintió el cambio de textura a una más húmeda y flexible. Ella usaba su mismo instrumento de habla en un lenguaje que ahora era diferente. El tiró la cabeza hacia atrás, hundiendo el cráneo en la almohada, que se le resbalaba sin darse cuenta. Los cabellos amarillos se le hicieron más lejos, hasta desaparecer de su vista. Ahora veía el techo, desenfocado. La diminuta filtración a la izquierda se hizo cada vez más insignificante. Extendiendo sus manos hacia abajo tocaba los hombros de Ella, y los apretaba en un intento de clavarle las uñas. Se imaginaba sacándoles sangre, para posteriormente lamerlas gustoso en un intento de consolación. Sentía su cuerpo en movimiento, sus garras no podían controlarla. Ella bombeaba con un delirio contagioso y velozmente rítmico. El por su parte iba siendo cada vez más ajeno a su entorno. Su respiración se agitó. Su espalda se encorvaba. Con los ojos cerrados veía luces de colores, y las mismas parecían bailar una música que se escuchaba entrecortada perdida en la distancia, para ir subiendo peligrosamente de volumen a nivel de un chirrido. Este a su vez se convirtió en una explosión.

De repente en su mente reinó un silencio como nunca había experimentado. Desnudo y emancipado, El no sintió más las sábanas que se agolpaban bajo su peso ni el crujir del lecho. Se sintió flotar con la boca derretida mientras Ella saboreaba el maná extraído de las profundidades de un cuerpo a su placentera disposición. Sumiso, El se dejó caer, pudiendo jurar que el aire era más caliente y pesado que su carne recientemente exorcisada. En visión monocromática y a rayones, como película muda de los años 20, la vio a Ella, sonriente y brillante, y El tampoco, en su lenta vuelta del éxtasis, pudo evitar una sonrisa. Más que una satisfecha, era la sonrisa de un hombre que se abrió como las páginas de un cuaderno y cuyos malos dibujos le borraron para plasmarle obras maestras. La sonrisa de un hombre que a una suave manipulación femenina expulsó el peso innecesario de basura muerta que se agolpaba en su interior carcomido. Era la sonrisa de un hombre por fin libre.

martes, 5 de abril de 2011

Honestidad ante todo

Todos los días lo veo a través del cristal. Pequeño y despierto, no debe llegar a los diez años, como mucho. Aprendiz de buhonero, para seguir los pasos de su papá, a quien ayuda todas las mañanas en la esquina donde tiene su negocio, detrás del vidrio de media pulgada que está a mis espaldas. Ambos tenemos la retaguardia pegada al vidrio, y a nuestra manera, ambos vamos viendo hacia direcciones opuestas. Yo hacia el interior de la oficina de aire acondicionado y lleno de gente callada y cabizbaja, y él hacia la calle, caliente y vibrante, aunque por días los transeúntes pasen igual de cabizbajos. El calor, seguramente.

El negocio es variado: billeteras de plástico, radios de pilas, ganchos para el pelo, barajas eróticas (por suerte, de mujeres; no soportara tener que ver fotos de tipos desnudos paquete en mano todos los días a mis espaldas), relojes de silicon de estos que están (inexplicablemente) de moda, y relojes de verdad. Baratones, pero verdaderos. Los hay chapados en plata, y de los dorados que tanto les gustan a los extranjeros. Desde hace días voy viendo el escaparate de relojes al revés desde mi lado del vidrio. Ayer no resistí la tentación de salir. El niño me salió al encuentro, su papá quedó sentado. Su expresión calurosa le delataba las intenciones de no hacer el menor esfuerzo físico.

Dime…” , le pongo conversación llevándole el diminuto vaso plástico de café, como todas las mañanas, y señalando uno de los relojes, “¿en cuánto está ese?”. “¿Cuál?” “Ese”, repitiendo el gesto. Sonríe. “Ahh…cuatroscientos…Tú sabe, para venderlo en trescientos…Pero no te apures, son buenos”. Por el tono en que lo dice, creo que ni él mismo se convence de la calidad de sus productos. Hago la misma pregunta para par de relojes más que veo me llaman la atención. El papá huele la posibilidad de venta y lentamente comienza a cambiar de posición en la lata de aceite que usa como asiento. Termino de preguntar, la conversación llega a punto muerto. No me interesa ninguno más. De cualquier forma, en este momento no tengo dinero. Me despido para volver a entrar (el deber llama). “Ey, oye…” la voz del niño me hace detener “…si va a comprar, hazlo pronto. Ahorita les da el sol y se les va el color”.

Hasta increíble me pareció la forma en que con rapidez pasmosa se estiró el brazo del papá para alcanzar con un cocotazo la cabeza del niño. “¡Mire carajo!” y baja la voz a un tono más diplomático para dirigirse a mi “Oiga, no le haga caso. Son Buenos”. Por el tono y los subsiguientes gestos de nosotros los involucrados, creo ahora somos tres los que no estamos convencidos.

domingo, 13 de marzo de 2011

Diario de los sueños #7: Los aviones


Crédito de imagen: Fuente Externa.

En un camino que se le hacía familiar, Karim venía a bordo de un vehículo con varias personas, todos amigos suyos. Era una minivan negra que venía a ritmo de grunge (también familiar) por un camino rural. Al lado derecho de la calle, se notaba una pequeña pendiente en ascenso donde al final de patios de grama se descubrían unas casas, detrás de altos árboles. Al izquierdo, la pendiente bajaba, hacia solares vacíos. Nadie hablaba de eso dentro del vehículo, ocupados como andaban en cantar mal, pero Karim sabía que iban de visita. Se detuvieron en el frente de una casa de fachada blanca, viéndola más alta que el resto desde el nivel de la calle en que estaban. Por razones que sólo suceden en los sueños, en lugar de dirigirse directamente hacia las escaleras que conducían a la residencia, siguieron caminando por la calle, como si quisieran admirar la casa desde otra perspectiva. De repente escuchan un ruido, que aumenta su intensidad conforme se acerca. Inconfundible, el motor de un avión pasando. Pero este avión es extraño, diferente del resto. Viene volando demasiado bajo. Su ruido se hace más fuerte. Echa humo por los costados. Demasiado bajo. La distancia entre el aparato y tierra firme se hace más corta.

La casa de fachada blanca ocultó visualmente el impacto, sólo reflejándose una fuerte luz detrás de ella, y el sonido, tan alto y contundente que hacía temblar los tímpanos, ligeramente un poco que menos que el suelo. Pasaron segundos, y tanto el sonido como el temblor no parecían interminables. Aún estrellado, el avión seguía en movimiento. Para horror de todos los presentes, desde detrás de unos árboles salió una mitad dando vueltas, devorando en su camino la minivan estacionada a escasos metros de Karim y su grupo, y cayendo en la pendiente que quedaba del otro lado, sobre un extenso solar de hierba. Entre el estrépito del metal destruyéndose Karim pudo escuchar a sus espaldas el grito de resignado horror del dueño del vehículo, un grito cuyo eco resonó entre las copas de los árboles mucho después del avión haberte detenido por completo en la verde grama, ahora de un color mucho más oscurecido.

Entre el caos de personas acercándose y los vehículos de emergencia, Karim pudo acercarse lo suficiente para ver el interior de la mitad del aparato que yacía sobre la planicie. Aunque no había indicios de fuegos, el humo dificultaba la visión, pero el tono enrojecido de las paredes y asientos no le dejó duda de qué era lo que estaba viendo. Tampoco los restos que se esparcían desordenados dentro del fuselaje.

(…)

Abrí los ojos de repente. Sentía mi boca abierta y la sensación húmeda de la almohada debajo de mis mejillas. Todo estaba igual a cuando me dispuse a dormir: todavía desarropado por el calor, y todavía oscuro afuera. Podía seguir una ronda más, aún era temprano. Cambié la almohada de lado y empujé la sábana más lejos con un pie.

(…)

Minutos después, Karim se vio sobre un acantilado. De frente y bajo sus pies, el mar, por igual hasta donde le alcanzaba la vista. A sus espaldas, residencias. Muy pocas, y separadas unas de otras. Arbitrariamente colocadas, sin diseño de calles, y todas con ese mismo estilo de dos pisos y fachada a dos aguas, con el frente superior en cristal. Como casas de campo en una montaña, serían perfectas, pensó Karim. Y, mera coincidencia, eran parecidas a las del camino por donde venían transitando en el sueño anterior.

En eso, pensando en casas de montaña con la brisa chocando su rostro, llegó el mismo ruido conocido. El mismo sudor frío. No podía ser posible. Karim sabe que está en un sueño, y que éste es un escenario completamente distinto del anterior, de hace apenas (…¿cuánto…?) cinco minutos. No puede ser posible… El mismo sonido estremecedor, el mismo temblor frenético bajo el suelo. Las luces amarillas sobre los montículos de humo, y el avión rodando por el acantilado mientras iba dejando sus pedazos en cada vuelta, de la misma forma en que Karim dejaba sus suelas tratando de correr lo más rápido posible para no ser embestido. Su respiración se agitó. Veía sus propias gotas de sudor resbalando por sus ojos como si fueran agua en un cristal. En su delirio, y completamente fuera de sí, se vio en el piso superior de una de las casas, de esos que tienen las paredes completamente en vidrio, levantándose de un sillón negro para llegar hasta la ventana, mirando cómo el avión rodaba al lado de su residencia sin destruirla, y cómo caía en el vacío hacia el mar.

La poca gente que había se amontonó curiosa en el borde. El aparato se veía flotando aún. El mar junto a la nave despedía humo. En su segundo piso, Karim observó a las personas, y se fijó en cómo al lado del grupo había una figura que se levantaba del suelo, mirando en dirección a la casa donde él se encontraba. Y se miró a sí mismo. Su loca carrera le había salvado. Con una mezcla de pena y satisfacción, ambos se sonrieron.

(…)

Abrí los ojos de nuevo. Mi pie está ahora debajo de la sábana. Sigue oscuro aún. Ya no quiero dormir.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Ahead


La vida es lo que ocurre más allá de las montañas. Déjate guiar por las luces de los fuegos artificiales. Arrastra tu arte contigo.

http://klp1982.deviantart.com/art/Ahead-195879784