
Ayer supe que hace seis meses murió Tarzán. No el famoso personaje, el que vuela sobre las ramas de la selva con monos colgados al hombro (ése imagino sigue bien vivo), sino el pintoresco vendedor de libros y revistas cuya tienda del mismo nombre se ubicaba en la Calle San Luis de esta ciudad de Santiago, aunque a su manera él mismo también era un personaje. Curioseaba unos volúmenes a mediodía por la Librería Espartaco, que se encuentra casi al frente de donde estaba Tarzán, y le pregunté al dueño sobre cómo podía encontrarlo, pues tenía días con el deseo de hacerlo. “Ohh...en el cementerio”, me contestó el viejito. Pensé que era porque vivía cerca de ahí, y podían llamarlo con facilidad. “Fue que se murió…Un cáncer, creo yo”. Gracioso el viejito. Lástima que yo no le vi la gracia.
La Librería Tarzán, diminuta como una cocina y oscura cual sótano, era casi una casa para mí cuando yo era un niño. Ahí me pasaba algunas tardes luego de salir del colegio y tras hacer las tareas. En sus estantes lucían polvorientos pero orgullosos toda una serie de libros, revistas e historietas de muchos años atrás y de los más diversos temas, que ejercían un encanto indescriptible sobre mis ojos curiosos y mejor aún para mí que, entre una conversación y otra, él me dejaba ponerles la mano y hojearlas todas a libertad. A Tarzán le debo mi colección de revistas de Kalimán (geeky, yo sé, pero a mucha honra). Ese sitio, junto con la mencionada Espartaco, aunque ésta última sea un poco más grande y tenga más variedad de artículos, son de los pocos y últimos sitios en esta ciudad que conservan el viejo espíritu íntimo de la relación que hay entre los libros y sus próximos dueños, casi como el lazo que se forma entre un niño en la veterinaria con el cachorrito que están con comprarle. Con mirarse a los ojos ya saben que son el uno para el otro. El local de Raudo Tarzán, porque así de verdad era su nombre, tenía ese mismo efecto entre los clientes, aunque con el tiempo fue reduciendo progresivamente su espacio hasta ocupar un callejón de poco más de un metro de ancho, y donde muchos de los libros eran colocados en la acera. Ni aún así disminuyó una onza de su atractivo.
Una vez él me contó que imitaba a perfección el alarido de Tarzán de la Selva, y que por eso lo visitaron unos reporteros de un programa para grabarle haciéndolo, además de la consabida entrevista. Nunca vi el video, y de verdad espero dar con eso alguna vez en la vida. Pero ojalá que en algún rinconcito de donde él descanse ahora saque espacio para venderle libros viejos e historietas de Kalimán a las demás almas que le crucen por el frente. Ellas se lo agradecerían, aunque Santiago y la Calle San Luis le echarán de menos. Paz a sus restos.



