domingo, 11 de septiembre de 2011

Kraftwerk

Hoy es domingo. Diez minutos atrás, cuando me sentaba para escribir esto, se nubló el cielo de un pronto y cayó una llovizna con brisa que amenazaba con durar toda la tarde. De esos diez minutos, hace cuatro que ya salió el sol de nuevo, para borrar todo rastro de agua. También, hay menos carros que de costumbre en la avenida. Y tampoco los barriales que viven en la casa de al lado no están ahí para poner sus bachatas a todo volumen, como todos los domingos. Extraña tarde esta.

Para cosas extrañas y días alienígenas (como éste), nada mejor que poner a Kraftwerk de fondo. Aunque los conocía de unos años atrás, no fue hasta hace par de semanas que me puse a oír a estos alemanes en serio. Extraños los tipos (valga la redundancia), y parecen salidos de una película de Kubrick, produciendo música que seguro es la favorita de los tripulantes del Enterprise. Sin embargo, a pesar de sus rarezas, este grupo, pionero de la música electrónica en los años 70 (y de los muy pocos que pueden darse el lujo de decir que su sonido no ha envejecido treinta años más tarde...muy al contrario), suenan al mismo tiempo espaciales, maquinarios y familiarmente cálidos. Y lo más sorprendente (venga redoble de tambores...): pegajosos. Es imposible no cantar el versito de "Die Roboter" una semana después de haberlo escuchado. Y para mi que no soy precisamente fan de la electrónica, oirme decirlo es hasta herético.

Pero el día no está para ese tipo de análisis. Hoy domingo de lluvias breves, con aprecio para ustedes, les dejo a Kraftwerk (pronunciado Kraftvork, según mi amiga Ambar, que sabe alemán):



Por cierto...¿alguien sabe dónde se consiguen esas corbatas con luces rojas? Están increíbles.

martes, 6 de septiembre de 2011

Submúsicas

Crédito de imagen: Fuente Externa.

En estos tiempos en que para los culturosos de saco y corbata la música seria y respetable viene en envase de jazz o cualquier fusión de ésta, se escucha mucho por ahí los géneros que a su juicio entran en la categoría de submúsica, interpretada por, no sería para menos, "submúsicos". No hay que darle tantas vueltas para saber a qué se refieren, y el tono en que lo dicen. Lo curioso es que estos géneros han estado en la escena del patio local durante bastante tiempo, sólo que, por razones que en un momento les digo, todavía no alcanzan el escalón de eso tan preciado llamado "respeto". Para estos culturosos, los submúsicos se clasifican en tres categorías, dependiendo del género: los bachateros, los reguetoneros (o denbowseros, a veces los mezclan en la misma definición), y los rockeros. Les llaman submúsicos porque, en sus mismas palabras, sencillamente, "eso no es música" (o la otra frase prima hermana de la anterior, "cualquier loco viejo hace eso"). Sin embargo, de las tres categorías recién mencionadas, son los rockeros quienes toda la vida han llevado las de perder. Y la razón por la que esto sucede no tiene que ver nada con la calidad musical o interpretativa de quienes lo practican, sino más bien, y aunque pese decirlo (y más aún oirlo, o en este caso, leerlo), de resultados comerciales.

Piénsenlo por un momento. Se pasa frente al local de Monte Bar Las Colinas en la ciudad de Santiago y se ve toda la cartelera de la semana llena de conjuntos bachateros y merengueros típicos. De reunir el valor para asistir y entrar un día, se encontrará uno en que el local está repleto, todas las mesas abarrotadas, con un desfile interminable de botellas de alcohol sobre ellas, aún después de en algunos casos hasta haber pagado entrada. ¿Les importa realmente a los dueños de Monte Bar (por decir un sitio, usted puede poner el de su preferencia) si la música que hace el grupo que está en tarima es buena o no? Y eso, sin contar las dos o tres veces que esos mismos dueños han tenido que remodelar y ampliar el mencionado local por falta de espacio ante la cantidad de público. Ellos incluso pueden hasta argumentar que "allá no entra cualquier conjunto". ¿Pero con eso hablan de calidad, o de resultados económicos? Ahora, haga el ejercicio contrario. Pase por un bar minúsculo (como casi siempre son) donde se esté desarrollando un concierto rockero. A pesar de ser un lugar pequeño, la mayoría de las veces el local no estará lleno, y es casi seguro que el nivel de consumo de ese público se mantiene igualmente por debajo de las expectativas de los dueños del negocio.

Lo que nos lleva entonces a la queja perenne de los practicantes de la música de Hendrix: "Es que no hay apoyo". Empresarios, inversionistas, gente que puede...todos parecen que le huyen al rock. Nadie quiere invertir un peso en apoyar un evento, pero a cualquier bachatero o reguetonero que aparezca, ahí le tienen una tarima en el Monumento a los Héroes de la Restauración con luces láser, pantallas, sonido potente, bailarinas y cualquier bazofia que se les ocurra. ¿Nos hemos preguntado alguna vez el por qué? ¿Acaso será el clásico "es que eso otro es lo que a la gente le gusta"? No hace mucho tiempo, pocos años tal vez, había un conocido restaurante de esta ciudad que tenía música en vivo un día a la semana, proporcionada por un conjunto de mariachis. El día en que se presentaba, el restaurante estaba lleno a reventar de parroquianos, y sin falta, al terminar la noche y cuadrar la caja, los administradores se encontraban con ventas por encima de los 20 ó 25 mil pesos. Pasados unos meses, les salió la honorable vena del  "apoyo" y decidieron incluir otro día de música en vivo en la semana, esta vez con un grupo de rock. Apoyo por un lado, y ganas de repetir la misma hazaña monetaria también, valga la aclaración. Cuando ese día llegó, el dueño del sitio vio con símbolos de pesos en sus ojos cómo la gente acudía en masa al restaurante. La boca se le hizo agua. Pensó que ya tenía resuelto su agosto si mantenía ese ritmo de presentaciones así de esa manera. Pero al final del evento y proceder al cuadre, no pudieron contener su decepción al ver que la venta no llegaba siquiera a los 4 mil pesos. A pesar de estar lleno el sitio, igual que como cuando se presentaban los mariachis. Pregunta capciosa para el lector, siempre tan inteligente: ¿qué grupo cree ustedes que siguió presentándose, y cuál no? La respuesta no es difícil. Y en esto nunca dije si una banda era mejor que otra, si el repertorio era mejor tocado, o si tenían instrumentos más caros y mejor afinados. Todo eso es irrelevante. Esa no es la cuestión. Sí lo era que una dejaba más dinero que la otra, y en consecuencia se prefirió apoyar a la que mayor ganancia aportaba. En los días chavaleros en que organizábamos conciertos de amigos e íbamos a empresas para buscar patrocinios, la cruel respuesta era siempre la misma, dicha por bocas diferentes: "¿Un concierto de rock? Eso no deja. ¿Por qué debiera yo aportar en algo que hay tres gatos saltando y nadie consume?" Lo peor del caso era que no teníamos base para responderles lo contrario.

A diferencia de los otros denominados "submúsicos" (los miro a ustedes, honorables respresentantes de bachata, reguetón y denbow), lamentablemente el rock en este país se ha saboteado a sí mismo, y tanto bandas como público son igualmente responsables en medida. El día en que haya un concierto de rock local en la Gran Arena del Cibao o el Estadio Olímpico, se vendan todas las entradas, no quede una sola caja de cerveza en el sitio, y los organizadores dejen de empeñar los pantalones para no ir presos por las deudasdespués de un eventos, seguro ése será el día en que alguien dirá: "¿Saben? Invirtamos aquí, parece una buena idea". Eso no será mañana, ni pasado, ni tal vez el mes próximo, pero mientras tanto, todos los involucrados debemos de poner un poco más de empeño en que lo que hacemos tome valor, y así se vea para todo el no involucrado. Dejar la chabacanería y la improvisación, y sacar un producto que quien lo vea, aunque no lo comparta, al menos lo respete. Hacer que de alguna forma, el público ahí afuera vea lo que se está haciendo y piense "Eso es un buen show. Quiero pagar para verlo". Así, y sólo así, y que conste que esto no es una promesa, podremos contar con el tan mesiánico esperado apoyo.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Subiendo y bajando del Diego

A pesar de mi gran amor a las escapadas off-road por montes y lugares afines llenos de lodo, nunca en la vida había ido al Pico Diego de Ocampo. Siempre lo veía desde mi ventana, tan cerca y calmado, y escuchaba, muerto de envidia y en silencio, las historias de quienes habían puestos sus pies en él. Tras las anécdotas, venía la inevitable pregunta: "¿...y tú no has ido?", a lo que venía la desagradable respuesta, y como epílogo, recibía un igualmente desagradable comentario "...qué mal, viejo..."

Para mi sorpresa, algunas semanas atrás, un frustrado juego de baloncesto entre amigos que al final fue suspendido, dio paso a una expedición improvisada al Diego. Me encantan esos viajes así. Siete y media de la mañana para hacer una parada rápida al supermercado, una camioneta donde en la cama van algunos tipos (yo incluido) torturándose el trasero por lo "benévolo" del camino (notar ironía), coger carretera y media hora después estar al pie de la subida. Linda forma de probar a prueba la resistencia. Veamos ahora de qué estamos hechos. Aunque habían algunos que lógicamente amanecieron vueltos una porquería al día siguiente, fue una increíble experiencia. Aquí algunas imágenes:

Enteros con todas las pilas antes de comenzar a subir.

Vista del camino #1.

Absolutely love cuando la maleza se pone tan tupida que se ve todo oscuro.

Una de las paradas. Noten cómo ya los aventureros empiezan a cansarse. Especialmente el de la izquierda, que llevaba toda una colección de cantos militares durante el camino.

Mi pie en la subida.

Hay que posar con la señalética. Seguro el año que viene estará ilegible. Y eso que ya no lo está tanto ahora.


"Above us only trees..."

Ya en la cima.

Hombres hambrientos.

Hombre descansando.

Otra vista desde la cima.

Mi pie en la bajada. Cinco minutos más tarde, no se distinguía el blanco del lodo.

Vista del camino #2.

Llovió durísimo en la ruta de vuelta. Lo que hizo que los tramos oscuros fueran aún más oscuros. Y nuestra ya sucia ropa, sencillamente una sola mugre. Genial.

En cierto momento, mientras trataba de sacar mi pie de un hondo lodazal en el que estaba, el grupo se fue delante. Sin darme cuenta me quedé solo en el paraje, y finalizada mi lucha, levanté la cabeza, sólo para ver como una neblina comenzaba a rodear el sitio. Me sentí metido dentro de una película. ¿Dónde está Jason para perseguirme con un machete cuando se le espera?

Sigue la neblina. Imagino que en la cima del Pico casi ni se debía de ver.

Casas que se ven pequeñas a la distancia. En días como hoy, envidio sus ocupantes.

Ultima parada. Se sale de la montaña.

Vista de la escalera que lleva a la última parada. Son gente considerada los encargados del Diego, en construir escaleras de piedra como éstas en algunos tramos del camino. De no haber sido por ellas, me amenazaron par de resbalones que de haber caído, todavía hubiese estado rodando.

Una casa, obviamente. Ya esto era cercano al punto por donde habíamos comenzado a subir. El viaje como que completa su círculo.

Viejo dinosaurio de la especie Land Roversaurus Rex. De casi un millón de años de antiguedad, pero pone a cualquier vehículo moderno a pasar verguenza en estas alturas.

Días después conversaba con una amiga a quien estimo mucho, sobre el arte de ser "aventurero", eso de salir sin planes específicos a cualquier monte a embarrarse de lodo y regresar a la casa prácticamente en cuatro pies. Ella decía en respuesta que aunque actividades como esa las consideraba súper bien, ella era ya del tipo de gente que prefería los fines de semana en resorts, playa en chaiselongs con piñas coladas al lado y sombreros para el sol de dos metros de diámetro. "La vejez no perdona, supongo..." decía (a chiste, claro; ella tiene de vieja lo que yo tengo de negro). Y tal vez, dando mente, hasta un punto es cierto. Llegué a mi casa a las tres de la tarde, arrastrando una pierna y con sucio hasta dentro de las orejas. Parecía llegado de la guerra. Pero en eso (sólo eso) no estoy de acuerdo con mi amiga. Y créanme cuando les digo que adoro a esa mujer con locura y hasta morir, pero no siento que quiera cambiar un día como este por uno dentro de un resort súper lujoso, con todo y que tuve que poner la ropa en cuarentena de limpieza el resto del día. Es mi humilde opinión, y a lo mejor hasta me equivoque después. Pero hay algo en la tierra y el barro que me hace sentir vivo, y no quisiera negociarlo. Y sería genial si ella se uniera alguna vez. De mi parte, no puedo esperar para el próximo.

domingo, 14 de agosto de 2011

El artitaje

Crédito de imagen: Fuente Externa.

¿Quién define si una persona es o no un artista? ¿La misma persona? ¿El público que ve el producto? Cuando se ve que películas como la tercera parte de los Transformers superan el billón de dólares en taquilla, y que lo que más se oye por el radio a cualquier hora día es el reguetón y demás bajezas sónicas, es sano pues decir que en estos días, el gran público no es la cosa más fiable. Quitémoslo del medio por un momento.

Pero de la misma forma, también lo que más abunda ahora son los autollamados "artistas". Piden respeto (entre otras) y que se les tome en serio porque son "artistas" (léase: ahora cualquier loco viejo dice ser artista). Fíjense que ni he tocado si su producción alcanza cierto peso siquiera. Si me preguntan a mi, el arte en sí mismo es la forma de comunicación más alta y sublime que puede aspirar el hombre, bajo cualquier manifestación. Verdaderas grandes ligas. Uno no entra en el arte porque así lo dice. Tiene que pedir permiso para eso y esperar por una respuesta. Es ese el momento entonces, cuando la autorización es otorgada, en el que la persona que crea adquiere un brillo casi místico, se quitó las sandalias porque comenzó a pisar terreno sagrado, y todas las zarzas a un kilómetro de radio se prendieron en fuego. Cuando eso sucede, las almas a su alrededor con la capacidad de apreciar lo que es bueno de lo que no, en una circunstancia ideal, miran lo recién hecho y dicen "Wow, eso sí está ápero. Ese tipo es un artista". Y la respuesta del implicado sería, con una mirada entre sorprendida y halagada, cachetes rojos incluidos: "¿Lo soy...?"

¿Y yo, lo soy? Quién sabe. ¿Me quedaría grande el sombrero? ¿Sería arrogante autodenominarme así? En lo personal me concentro en crear, que dicha creación tenga un concepto detrás (para evitar seguro los tildes de "loco viejo improvisado") y tirarlo hacia adelante, en la mayoría de los casos, al menos. Si eso es arte, o aspira a serlo, no me corresponde a mí decirlo. Tampoco estoy claro si quisiera saberlo. No sé si la respuesta sea de mi total agrado.

martes, 9 de agosto de 2011

Regina

En días medio "blah", como los de ayer (lo siento, no hay una definición técnica del "blah"), me gusta poner a Regina Spektor. Específicamente, "Us".



Me encanta Regina, y subrayo ese "me encanta" en mayúscula, y bien grande. Me encanta como arquea el brazo izquierdo cuando toca el piano. Me encanta como se inclina sobre el micrófono y cierra los ojos al cantar, y la mirada medio tímida que asoma cuando los abre. Hell, me encanta incluso el vestido que parece se robó del closet de mi abuela. Escucharla me hace sentir como si tuviera los pies metidos dentro de arena con una brisa soplándome el rostro. Dichoso sea el bastardo que se levante en las mañanas escuchando a esta mujer cantando y tocando el piano en una habitación contigua, sabiendo que en cierta forma, le cantan a él. Aunque, ya esto sean otras tantas (me entra otra variante más melancólica del "blah" de sólo pensarlo). Meanwhile, disfruten.

viernes, 5 de agosto de 2011

El despertador

Como nunca escuchaba el despertador del celular cuando sonaba a las seis de la mañana, a pesar de ponerle el timbre más escandaloso que tuviera, decidí probar una nueva técnica. Dejé la compu encendida, programé el Itunes con el death metal más extremo que encontré entre los archivos del disco duro, y subí las bocinas a un nivel igualmente estridente. "Esto va a funcionar", pensé. Porque el problema estaba, según era mi conclusión, en que no estaba oyendo el sonido del celular, al ser éste muy bajo. Entonces por eso seguía de largo.

Y llegó la mañana siguiente, el primer día de puesta en práctica del experimento. A las seis y cinco minutos de la mañana, la habitación retumbó con guitarras súper pesadísimas y alaridos guturales como si el mismísimo mundo se estuviera acabando, epicentro mi casa. Di un brinco en la cama a 30 centímetros del nivel del colchón; al caer de nuevo, las sábanas estaban junto a los zapatos en el piso. En el momento que más inspiración cogían los músicos en la grabación para destinarse a romper todo, ya me había levantado, con rapidez. Pero en esta ocasión, fui directo a las bocinas y simplemente las apagué, en un movimiento de precisión semi-automática. Volví a la cama, me arropé del otro lado y dormí casi una hora más.

Para mañana debo tratar otra cosa. Creo que el problema soy yo.

lunes, 1 de agosto de 2011

Una semana en Chavón


No puedo evitarlo. Amo Altos de Chavón. Había ido anteriormente en onda de turista, pero cuando se le ve desde la óptica de un estudiante que reside entre sus piedras, la sensación es completamente distinta. Tan alejado del mundo, tan ajeno a los problemas de la ciudad y los políticos y la basura (redundando en estos últimos, que conste), pero sin embargo, tan estratégicamente ubicado en el centro mismo de la esencia verdadera de las cosas. Tuve el inmenso y retrasado honor de estudiar entre sus paredes en estos días que pasaron y aunque ya estoy de vuelta a casa, quiero volver. Ya. Imagino que seguro también el término "casa" siempre es relativo. Chavón parece como si ha estado ahí por siglos pero cuando te habla se oye más joven que tú, pero al mismo tiempo más sabio. Chavón te dice lo que necesitas oír, y si eres tan tarado para no darte cuenta en el momento, al menos te da las bases para descubirlo después. Las piedras del piso encierran un pentagrama que revela secretos, y los mismos suben por sus paredes cuando les sigues la pista, y tratan de eludirte, pero no tanto como para que los pierdas. Esta vez yo fui más rápido. Ojalá y lo sea para volver de nuevo.